Entrevista a Sebastián Álvarez

"El alumno tiene que completar su propia formación"...

Por Serapio Cazana

¿Qué nos puede decir de su niñez y sus primeros estudios?

Nací en Tarifa, provincia de Cádiz. Ahora es una zona turística pero cuando yo era pequeño Tarifa era un pueblo de pescadores y de gente que trabajaba en el campo. Eran unos años muy duros en muchos sentidos. Luego fui a estudiar a Cádiz, ahí terminé el bachillerato. Más tarde, al decidir estudiar filosofía vine a Salamanca. En aquellos años había muy pocos lugares donde estudiar la carrera. Había facultades de filosofía en Madrid, Valencia, Barcelona y Salamanca, es decir en la Universidad Pontificia de Salamanca.

¿Qué le motivó a estudiar filosofía?

En aquél momento había varias opciones que me atraían y me orienté por la filosofía porque representaba un campo amplio donde cabían aspectos muy distintos de las humanidades. Preferí este abanico de posibilidades a unos estudios más especializados. La filosofía, aunque tiene pocas salidas profesionales, sigue siendo un ámbito mucho más acogedor que otros estudios.

En esa etapa, ¿tuvo algún libro especial?

No. Me gustaría ser como aquella gente que dice “a los ocho años leí a Platón”. Yo no leí en esa etapa libros de filosofía. Más bien recuerdo a algún buen profesor del bachillerato.

¿A qué se debió su interés por la filosofía de la ciencia?

Cuando terminé hice la tesina en torno a las discusiones entre popperianos y la Escuela de Frankfurt en sociología. Así me encontré con la filosofía más sociológica de Popper y de ahí pasé a su filosofía de la ciencia. Popper la presenta de una manera conectada a su experiencia personal y cultural. No es el caso que yo estuviera totalmente de acuerdo con él en ese momento pero ahí surge mi interés por este campo.

Después me incorporé al departamento de la Universidad de Salamanca y empiezo a enseñar filosofía de la ciencia. Eso fue en los años setenta, ya que antes tuve también otros trabajos ajenos a la enseñanza.

Ahora la ciencia ha dado pasos muy significativos en todos los campos. En alguna ocasión conversamos sobre el concepto de “naturaleza humana”, y de cómo ésta podría ser modificada o por la ciencia o por la cultura en general. Usted decía que debemos evitar los extremos.

Exacto, habría que evitarlos. Por ejemplo, el extremo optimista de que en el ser humano todo puede ser modificado a través de la historia o la evolución cultural, recordando la frase de Ortega cuando decía “el ser humano no tiene naturaleza sino historia”. Ese es un extremo que ha tenido malas consecuencias cuando se ha puesto en práctica desde el poder político.

El otro extremo peca de pesimista, o de determinista, en el sentido de que cada cual nacería con unas disposiciones naturales, genéticas, que dictarían sus decisiones en cualquier circunstancia. Esto también es difícil de sostener. Hay casos que muestran que la educación o la cultura en general han conseguido resultados que parecían imposibles. Ahora, ¿cuál es el término medio? No se puede saber, lo que está claro es que las simplificaciones no sirven. Y ha habido muchos ejemplos de ambos extremos en programas políticos.

¿Y teniendo detrás de esos programas políticos a filósofos?

Sí, filósofos, pero si se entiende filósofo en un sentido amplio. Ya que a diferencia de lo que ocurre en otras especialidades, la filosofía es mucho más que la profesión de filósofo. Hoy, la gente que crea opinión filosófica y que más influye en las formas de pensar de los demás son sobre todo comentaristas, periodistas, miembros de tertulias radiofónicas, columnistas, etc. Filósofos profesionales también, principalmente aquellos que siguen la tradición periodística de Ortega, pero no es tarea exclusiva del filósofo.

En filosofía no cabe el intrusismo, como lo puede haber en otros campos. Quizá lo habría en enseñar filosofía académicamente, pero en general en hacer y divulgar filosofía en un sentido amplio no cabe el intrusismo. En cierto sentido, todos somos filósofos, y así, nos encontramos con una u otra opinión con respecto a las capacidades de la naturaleza y de la cultura, y los programas de los políticos que vienen detrás.

No sé si era exactamente el caso, pero Sendero Luminoso en tu país parecía ser un movimiento que creía en las capacidades ilimitadas de la cultura para modificar a los ciudadanos, y detrás de eso había un señor que se hacía llamar filósofo.

Y los que estudian filosofía, especialmente los alumnos, ¿qué concepto tienen de filosofía?

A pesar de ser una carrera minoritaria, en cuanto a número de alumnos, la variedad de intereses con los que se acude a la filosofía es tremenda. Creo que en otras carreras la gente va más perfilada, han definido mejor sus intereses. En filosofía no es así, hay algunos alumnos que escogen la carrera porque les han impactado ciertos libros, otros porque han tenido un buen profesor de filosofía en el bachillerato, y luego van buscando respuestas filosóficas a ciertas preguntas. Pero también hay quienes van porque les parece que es más fácil que una carrera de ciencias, entonces buscan lo más asequible. Por lo que he podido conocer de los alumnos, hay de todo.

Y con el tiempo, ¿qué pasa con quienes eligen la carrera por interés genuino, se entusiasman o se decepcionan?

Hay algunos con una excelente capacidad filosófica desde el principio, con intuiciones e interés filosófico significativos y es verdad que la carrera puede resultarles decepcionante en algunos aspectos. Pero eso ocurre en cualquier carrera. Los alumnos descubren que los profesores tienen limitaciones de distintos tipos, de formación o de capacidad docente, de conocimientos o de facilidad de trasmitirlo. De todos modos, en filosofía, el alumno tiene que completar su propia formación, si es que quiere encontrar respuestas a las preguntas que traía. Lo importante es persistir en la búsqueda de aquello que nos motivó a estudiar filosofía.

Yo creo que la carrera aporta materiales para que cada cual siga haciendo filosofía por él mismo. Diría que llega el punto donde algo nos dice “deja de estudiar filosofía y empieza a hacer filosofía”. Los estudios aportan materiales de historia, de algunas cuestiones básicas de ética, estética, lógica, filosofía de la ciencia, etc., pero después cada cual se forma sus opiniones y toma sus opciones.

Gadamer decía que en la formación personal, tantos los padres como los profesores, hacen una modesta contribución.

Totalmente de acuerdo. Y aún, en el caso de que su contribución no fuera modesta, no siempre el alumno capta su importancia en sus años de formación. Yo creo que no es rara la experiencia de gente que empezamos a valorar a los profesores que tuvimos ya con la distancia en el tiempo. A veces valorar a un profesor toma su tiempo. No sé si todo el mundo ha tenido esa experiencia pero yo sí. He necesitado cierta perspectiva para decir, “en ese tiempo no valorábamos suficientemente a aquel profesor”. Pero en todo caso, en filosofía, como en tantos otros estudios, los años de formación deben ser sólo un punto de partida.

Es decir, las clases de filosofía, incluyendo el tema tratado y al propio docente, en toda su riqueza de carácter, de modos de enseñar, tienen una continuidad muchos años después.

Como decía, en las clases se proporcionan materiales, pero en carreras como la filosofía se espera que el estudiante haga el resto. También puede ocurrir que el alumno redescubra temas que cuando los escuchó por primera vez no le eran particularmente atractivos y que luego la experiencia ha mostrado su importancia. Yo creo que se dan las dos cosas. Pero también se da un tercer caso: hay cosas que se olvidan y posiblemente bien olvidadas.

Provechosamente olvidadas.

Exactamente, todo el mundo tenemos esa experiencia de olvido (risas).

Según Pierre Hadot, en la antigüedad la filosofía era un modo de vida, una conversión casi religiosa, una perspectiva ética. ¿Cómo ve usted la carrera hoy día?

El mundo académico tiende a profesionalizar, puesto que se trata de cubrir unos programas que además están cada vez más homologados, ya sea dentro del mismo país o entre distintos países. Por eso la versión que da el profesor no tiene que ser propia ni personal, sino que es la habitual, la paradigmática.

La academia ahora da más importancia a este tipo de objetividad. Incluso algunos consideran que es una exigencia ética no mezclar las convicciones personales con la enseñanza de distintas opciones, ya sea de la historia de la filosofía, de la ética, o la epistemología. Y eso no está del todo mal.

Pero al mismo tiempo pienso que la filosofía no se puede resignar a seguir los patrones de enseñanza que podría tener una ciencia o una carrera técnica. En este caso, creo que hay una mayor implicación personal. Como dije antes, en filosofía caben muchas opciones, no sólo en la historia de la filosofía sino también en la epistemología, en donde hay muchos enfoques, unos más racionalistas, otros más empiristas, en fin, y no digamos en la filosofía moral, política o estética.

¿Aquí también es oportuno evitar los extremos?

Sí, yo creo que el profesor tiene que conjugar la información y la implicación personal, dejando claro cuál es su opinión. Además, un punto de vista puramente neutral puede tener como consecuencia unas clases aburridísimas. Una de las claves para hacer de la enseñanza de la filosofía algo más vivo es que el profesor, sin truco ni trampa, deje clara la opción desde la cual está hablando y los argumentos sobre los que se basa. Con lo cual, el alumno tiene la posibilidad de discutirlos. En ese sentido, creo que no es bueno que se adopte esa actitud, presuntamente objetivista, del profesor que dice “yo debo limitarme a dar al alumno una perspectiva amplia, neutral, impersonal”.

Y volviendo al tema de la edad personal y la filosofía, Platón ponía como requisito cierta edad para aprender filosofía. Antes se tenía que estudiar matemáticas y otras disciplinas.

Quizá la frase de Platón responda más bien a una concepción platónica de la filosofía. Pero no creo que sea válida para la filosofía en general.

Como ocurre en otras disciplinas, en la filosofía también se requiere de cierta frescura intelectual antes que un acopio de conocimientos. Hay que valorar esa capacidad de insolencia propia de los jóvenes. No se puede prescindir de ese valor intelectual.

Saliendo de la filosofía, ¿qué otros libros lee?

Me gusta la literatura. Siempre tengo alguna novela entre manos. Y aunque está muy bien ir conociendo nuevos autores, cada vez me resulta más gratificante releer novelas que me han gustado en su momento.

¿Qué autores en especial?

Ahora estoy leyendo Libertad, de Jonathan Franzen. De los novelistas actuales, destacaría a Paul Auster. En cuanto a nuestra lengua, releo con agrado a Borges y a Vargas Llosa y creo que Muñoz Molina tiene algunas novelas excelentes. De las novelas que he leído recientemente recomendaría El hombre que amaba a los perros, del cubano Leonardo Padura.

¿Ha leído El Quijote íntegramente?

Sí, lo había leído ya por trozos, pero con ocasión del cuarto centenario lo leí completo en una edición de la Real Academia.

Hay un discurso en El Quijote que muestra la disyuntiva en las que a veces nos encontramos: o la pluma o la espada; es decir, el convencimiento por el discurso o el uso de la fuerza. La conclusión es que muchas veces ambas formas son necesarias.

En el caso de Cervantes obviamente hizo uso de la pluma y la espada, aunque esta última le impidió escribir con una de las manos.

Y en el mundo actual, ¿siguen siendo necesarias las armas?

No sé si las armas, pero elementos coercitivos de la sociedad, sí. Por ejemplo, la policía. La sociedad tiene que emplear armas y letras, o espada y pluma. Aunque como personas podemos estar en un campo o en otro. Aquí en España hemos tenido una larga experiencia de esto con el terrorismo de Eta. Afortunadamente parece que está en declive, y esperamos que desparezca. ¿Cuál ha sido la clave de esto? Normalmente se habla de dos pilares, la acción policial y judicial, las armas, y la unidad de los políticos. Ahí, tanto la derecha como la izquierda, han dicho “no hagamos de la lucha antiterrorista un terreno motivo de debate. Pero hay un tercer elemento que a menudo no se toma en cuenta y que ha sido fundamental, y es la desarticulación del argumentario de Eta, de sus supuestas razones. Y esa labor no ha sido ni policial ni de políticos, sino de personas de “letras”, filosófica, si se quiere, pero en su sentido amplio. Ha sido labor de historiadores, periodistas, directores de cine, escritores, filósofos, etc.

Entonces, ¿armas o letras?, la sociedad tiene que emplear los dos frentes.

Ingresando al campo estético, ¿suele ir al cine?

Me gusta mucho ir al cine, ahí veo las novedades; y en la televisión me gusta recuperar algunas películas que quiero ver nuevamente.

¿Cuáles son sus directores preferidos?

En realidad son muchos. Es difícil nombrar a todos pero, por ejemplo, me gusta seguir a Woody Allen, si bien unas películas no son peores que otras. Guardo un particular recuerdo de los westerns de Sam Peckinpah. Y de Bob Fosse, a pesar de que no me gustan mucho los musicales. Del cine español destacaría a Amenábar.

¿Y a Buñuel?

A Buñuel también, pero ahora no es fácil entenderlo. Sus películas están muy circunscritas a una época.

¿Le gusta hacer deporte?

Ya no estoy para esos lujos, pero cuando hace mejor tiempo me gusta ir con amigos a caminar por el campo. Aquí en Salamanca tienes la sierra a tres cuartos de hora, donde hay pueblecitos muy cercanos unos de otros, entre los que se puede ir caminando. Actualmente se están recuperando viejas rutas por la sierra.

La arquitectura de La Alberca nos da la sensación de que estamos en un cuento, en la Edad Media.

Es verdad. Sin embargo, tal vez por eso mismo se ha convertido en un pueblo demasiado turístico. Pero, hay otros pueblos similares en la sierra, como San Martín del Castañar, o Mogarraz. Y luego en Castilla León tenemos los hayedos de Burgos. Son magníficos para unas buenas caminatas, especialmente en otoño.

 

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